El juicio contra cuatro policías de Machagai llega a su fin y el veredicto se conocerá el próximo 29 de mayo. Para la familia Vergara, no fueron solo golpes: fue una madrugada de humillación, amenazas y miedo que les cambió la vida para siempre.
Cuatro años desde que una familia de trabajadores madereros terminó tirada al costado de la Ruta 16, esposada, golpeada y rociada con gas pimienta. Cuatro años desde que, según la acusación, policías que debían protegerlos utilizaron su uniforme para humillar, castigar amedrentar y sembrar miedo.
Hoy, después de semanas de audiencias, testimonios y alegatos, el juicio oral contra cuatro efectivos policiales de Machagai quedó en condiciones de sentencia. El próximo 29 de mayo se conocerá el veredicto.
La fiscalía y la querella solicitaron penas de hasta cinco años de prisión efectiva para el Comisario Daniel Báez y el Subcomisario Luis Fernández. También pidieron condenas para Dante Gerzel y Leonardo Villalobo, todos acusados por apremios ilegales agravados y amenazas.
Pero detrás del expediente judicial hay algo más profundo: una familia que asegura que nunca volvió a ser la misma.
“El pueblo es chico”
La historia comenzó con un control policial sobre una camioneta cargado con madera. Lo que debía ser un procedimiento de rutina terminó en una secuencia de violencia desmedida absurda que según quedó expuesto durante el juicio
Las víctimas relataron que fueron reducidas, obligadas a permanecer boca abajo sobre el asfalto durante más de media hora, golpeadas y atacadas con gas pimienta. Daniel Vergara sufrió la fractura de una muñeca que le dejó secuelas permanentes. Otra de las víctimas desarrolló lesiones oculares tras la exposición al agente químico.
Sin embargo, para la querella, una de las escenas más graves ocurrió después, dentro de la comisaría.
Uno por uno, los integrantes de la familia fueron llamados al despacho policial. Allí según declararon distintos testigos, escucharon frases que todavía resuenan cuatro años después: “El pueblo es chico”. “Esto queda acá”. “Si no denuncian, les devolvemos la mercadería”.
La acusación sostiene que no solo hubo violencia física, sino también un intento deliberado de silenciar a las víctimas aprovechando el poder policial.
La marca que dejó la madrugada
Durante los alegatos finales, la querella sostuvo que el hecho no puede analizarse como un exceso aislado, sino como un claro caso de violencia institucional.
“No se trató de un procedimiento. Se trató de humillar, de usar la posición de poder que ostentaban los funcionarios jerárquicos de la policía para salir impune del delito”, fue una de las ideas centrales expuestas durante el debate judicial. Y quizás allí está la verdadera dimensión del caso: en cómo una noche puede partir la vida de una familia en dos.
Porque mientras el expediente avanzaba lentamente durante años, las secuelas siguieron presentes, la incapacidad permanente de Daniel Vergara. El miedo. La exposición pública. La sensación de desprotección frente a quienes tenían el deber de cuidar.
Incluso una de las víctimas falleció antes de poder ver terminado el juicio.
El veredicto que espera una comunidad
La defensa pidió la absolución de los acusados y cuestionó la calificación legal de los hechos. La querella y la fiscalía, en cambio, insistieron en que las pruebas demostraron con claridad los apremios ilegales y las amenazas.
Ahora la decisión quedó en manos de la jueza Fanny Zamateo.
El 29 de mayo no solo se conocerá una sentencia. También se pondrá a prueba algo más profundo: si después de cuatro años la justicia chaqueña está dispuesta a decir que ningún uniforme ni pistola policial puede estar por encima de la dignidad humana.